Sobre Endovoz

Endovoz nació de una charla tan común como reveladora:
“¿Tenés calmantes? Porque me vino y no puedo más.”
Fue volviendo de un rodaje, en el marco de otro trabajo para la facultad. Aunque nuestra sinergia comenzó a partir de esa charla, traíamos inquietudes latentes desde nuestra infancia y adolescencia. En ese momento cotidiano, lo que veníamos sintiendo tomó forma. Y aunque el proyecto empezó ahí, su voz ya venía resonando desde mucho antes.
Somos Eugenia Martínez, Soledad Espíndola y Leticia Bidmar, tres estudiantes de Comunicación que, a partir de nuestras propias experiencias y de historias reales que nos atraviesan, decidimos dedicar nuestro Trabajo Final de Grado de la Licenciatura en Comunicación (FIC – Udelar) a visibilizar una enfermedad tantas veces silenciada: la endometriosis.
Para nosotras es fundamental contar con voces calificadas en el tema, que nos acompañen y guíen, para comunicar de manera responsable, precisa y respetuosa. Porque romper el silencio implica también informarnos bien y construir diálogo con rigor.
Nos mueve la necesidad de romper el silencio, abrir conversación y construir comunidad desde un enfoque empático, feminista y comprometido con la salud menstrual. Porque hablar también es sanar, y ponerle voz al dolor es una forma de acompañarnos.

SOLE
Recuerdo mis primeras menstruaciones asociadas a la vergüenza. Estaba por cumplir 10 años cuando tuve mi primer período. Ir a la escuela con miedo de mancharme la ropa o la túnica blanca, era una tortura. Recuerdo que en ese momento fui a la pediatra y me habló de tener hijos, de cómo mi útero era un “nido para futuros pajaritos” y que, si el “nidito” no se llenaba, se rompía para volver a construirse al mes siguiente. Yo ya sabía desde esa edad que…
…no quería ser mamá y no entendía por qué la pediatra me hablaba de “pajaritos” y tener hijos a los 10 años. Todo me resultaba muy lejano. Recuerdo que mi mamá le preguntó por el dolor menstrual y la pediatra le dijo que, siendo tan chiquita, era probable que comenzara años más tarde, cuando mi cuerpo “madurara”. Era probable. Como si fuera parte de, como si no fuera posible menstruar sin dolor.
Sin embargo, en eso no se equivocó. Tengo períodos dolorosos desde los 14 años. A veces más, a veces menos, nunca al extremo, siempre “dentro de lo normal”. Así que me acostumbré.
Nunca me hablaron de endometriosis, ni en mi familia ni los profesionales a los que consulté. Me sorprendió saber, ya siendo adulta, que no todas las mujeres tienen períodos dolorosos.
Cuando mis compañeras me invitaron a sumarme al proyecto, me tocó investigar sobre la endometriosis, ya que soy la única de las tres que no vive la enfermedad de manera cercana, Leticia en primera persona y Eugenia debido al diagnóstico de su mamá. En mi caso, el primer acercamiento a la enfermedad fue mediante la historia de Leti, ya que sabía que ella la padece y sus síntomas muchas veces interrumpieron su rutina mientras cursábamos la carrera, pero no tenía mucha más información hasta que empezamos a gestar este proyecto.
La endometriosis afecta, al menos, a un 10% de las mujeres en edad reproductiva en todo el mundo (se estima que son más, debido al retraso en el diagnóstico). Una de cada diez mujeres tiene endometriosis. Es un montón. Por una cuestión estadística, me lleva a pensar que todas las personas del mundo debemos conocer al menos a una mujer que padece esta enfermedad. Entonces, ¿por qué se conoce tan poco? ¿Por qué no se habla de esta en el sistema educativo ni se incluye en los temarios de educación sexual? ¿Por qué muchos de los profesionales de la salud, principalmente los especializados en ginecología, no están informados ni actualizados sobre el tema? ¿Por qué buscadores como Google limitan la información sobre esta temática y no permite acceder a ella como sí ocurre con otras enfermedades que afectan a un menor porcentaje de la población?
Creamos Endovoz para motivar a más mujeres a buscar un diagnóstico. Durante el proceso de creación, una de mis amigas reconoció los síntomas y comenzó a buscar su diagnóstico.
La lucha por la liberación de la mujer implica también que todas las mujeres tengamos acceso a un sistema de salud capaz de identificar y atender nuestras dolencias. Es momento de escuchar a nuestros cuerpos y dejar de normalizar el dolor.

EUGE
¡Hola! Soy Eugenia Martínez, y aunque no suelo sentirme del todo cómoda hablando de cosas personales, este proyecto lo amerita.
Porque Endovoz no es solo un trabajo de facultad. Es uno de los proyectos más importantes y personales que encaré en mi vida. Y tiene un motor muy claro: mi mamá, la persona que más amo junto a mi papá, y mi mayor inspiración.
Desde que era chica…
…la vi sufrir. Un sufrimiento físico y también psicológico, profundo,
sostenido, pero que muchas veces no tenía nombre. Nadie le daba respuestas. A veces
intentaba disimularlo para seguir con su rutina, para que yo no me preocupara, para “hacer
como si nada”. Pero el dolor era inevitable, y su intento de esconderlo, también.
Yo lo notaba. Siempre lo noté.
Había algo en esa escena que se repetía mes a mes: su cuerpo quebrado por el dolor,
nuestra impotencia, y una sensación constante de incomprensión. Junto a mi papá,
compartíamos un silencio lleno de preguntas y frustración, sin poder hacer mucho más que
acompañar. Porque ver a alguien que amás sufrir, sin poder ayudarle, es de lo más
desgarrador que hay.
De chica sabía perfectamente cuándo a mi mamá le iba a venir. No porque lo marcara en un calendario, sino porque era evidente: dejaba de ser ella misma. Alegre, luminosa, enérgica,
siempre con ganas de hacer cosas o hacerte reír, y pasaba a estar dolorida, preocupada,
triste.
Y en esos días, la incertidumbre lo llenaba todo. Sabíamos que en cualquier momento
podíamos terminar en una emergencia: a veces por un calmante, a veces por algo más
grave. Pero las respuestas no llegaban.
El sistema de salud parecía culparla: que exageraba, que debía bajar unos kilos para que la pudieran operar ya que la única solución a lo que estaba sucediendo era una histerectomía,
que su dolor no era tan grave.
Lo peor es que esa violencia no era solo con ella. En cada sala de espera, veía cómo se
trataba a otras mujeres con síntomas similares. Esa naturalización del sufrimiento menstrual
me marcó. Y lo internalicé.
Con los años, empecé a creer que ser mujer era eso: sufrir y bancársela. Porque claro, “soy
mujer”.
Cuando me vino por primera vez, tenía 13 años. Y lo viví con mucho miedo. Pensé que a
partir de ese momento, iba a empezar mi propio calvario. Me imaginé reviviendo el dolor que
había visto en mamá.
Pero en mi caso, no fue así. Hasta el día de hoy, no siento dolor al menstruar. Y eso me llevó
a preguntarme: ¿por qué yo no y otras sí? ¿Por qué el dolor de algunas se vuelve rutina?
¿Por qué se invisibiliza?
Pasaron los años, y mamá seguía igual. Hasta que un día, ante una situación de urgencia y
de forma casi accidental, cambió de ginecólogo. Ese nuevo médico decidió realizarle un legrado. Y cuando vino a darnos el parte, dijo al pasar: “Vos tenés endometriosis.”
Así, sin más.
Una frase suelta. Como si nombrar la enfermedad fuera un dato menor, cuando para nosotras podía ser el principio de entender tantos años de sufrimiento.
El tratamiento que siguió fue a base de inyecciones que provocaban el retiro temporal de la menstruación. Cada seis meses, el tratamiento se interrumpía, y su período volvía. Cíclico.
Doloroso.
Insoportable.
Fue en ese tiempo, mientras mamá transitaba esos ciclos de alivio y recaída, que conocí a
Leticia, una compañera de curso.
Estábamos volviendo en ómnibus de un rodaje, por un trabajo para facultad, cuando alguien
preguntó algo tan simple como:
“¿Alguien tiene un ibuprofeno? Me vino.”
Esa pregunta abrió una puerta. Nos quedamos charlando durante todo el viaje y, cuando
bajamos, seguimos hablando en la puerta de la facultad durante horas.
Mientras Leticia me contaba su experiencia, yo sentía que me estaba hablando de mi mamá.
Cada palabra me hacía eco. Cada descripción me golpeaba.
Fue en esa conversación donde la palabra «endometriosis» me resonó de otra forma. Como si finalmente empezara a tener peso, sentido, historia.
Esa misma tarde, cuando llegué a casa, se lo conté a mamá.
Y fue ahí cuando ambas recordamos que ese médico, años atrás, se lo había dicho al pasar.
Así, de forma casi invisible. Y sin embargo, tan importante.
Meses después, cuando pensamos que ya se le había retirado la menstruación, volvió.
Otra vez.
Y yo ya no pude soltar esa palabra. Endometriosis.
Empecé a investigar. A leer. A escuchar. A preguntar. A escribir.
Me ardía la necesidad de hacer algo con todo eso. De no dejarlo quieto. De no seguir
naturalizando lo que tantas veces se había callado.
Y así nació esta idea, que luego se volvió proyecto, y más tarde se convirtió en Endovoz.
Una forma de canalizar lo vivido. Una excusa para transformar la angustia en palabras, en
preguntas, en búsqueda.
Una forma de decirle a mamá, y a muchas otras, que no están solas.
Y que su dolor, por más invisible que haya sido durante años, merece ser visibilizado y
escuchado.

LETY
“¡¡¡Deciles que se apuren que estoy segura que ya pasó a ser PERITONITIS!!!”
Le grité a mi amigo, convencida de que estaba a punto de reventarme algo adentro y que no cabía dudas que me quedaban minutos de vida…
Mi amigo blanco como un papel, porque nunca me había visto así (siempre fui dramática pero nunca me quejé de absolutamente nada físico), muerto de miedo intentaba explicarle a la telefonista de la emergencia médica.
Cuando llegó la emergencia, la doctora me palpó y me preguntó si estaba menstruando. Confundida le respondí que sí. Entonces fue cuando por primera vez escuché las palabras que marcaron mi vida por mucho tiempo:
«Es totalmente normal, son dolores menstruales, te damos un calmante y se te pasa.»
De eso ya pasaron muchisimos años y una larga historia de relación amor-odio-compasión con mi cuerpo y mi endometriosis.
Soy Lety y este proyecto es muy importante para mi porque quiero ayudar a esas mujeres, en especial las adolescentes que, como yo, van a sufrir no solo el dolor físico sino (peor aún) el miedo, la confusión, la impotencia y hasta la vergüenza que surge de la incomprensión.
¿POR QUÉ HACEMOS LO QUE HACEMOS?
Porque crecimos aprendiendo a callar el dolor.
Porque durante años nos dijeron que lo que sentimos era exagerado, que el malestar era normal, que el cuerpo debía aguantarse.
Porque muchas veces vivimos la menstruación en soledad, con vergüenza o miedo, sin un espacio donde preguntar, compartir o simplemente ser escuchadas.
Porque cuando una mujer habla de su dolor, le pone palabras a lo que muchas otras también sintieron y no pudieron nombrar.
Y porque creemos que hablar de lo que duele también es una forma de cuidarnos entre todas, de crear comunidad.
¿CÓMO LO HACEMOS?
Escuchando, registrando y compartiendo relatos íntimos sobre menstruación, dolor y cuerpo.
Creamos espacios sensibles y seguros donde cada historia es valiosa y cada voz encuentra eco.
Desde lo audiovisual, lo gráfico y lo sonoro, proponemos experiencias que invitan a decir lo que tantas veces se calla.
¿QUÉ HACEMOS?
Recopilamos relatos reales de mujeres sobre sus vivencias menstruales y el dolor que muchas veces las atraviesa.
Los convertimos en piezas que circulan y conmueven: videos, textos, imágenes, encuentros.
Tejemos una red de voces que se reconocen, se acompañan y se animan a transformar lo íntimo en algo colectivo.
AGRADECIMIENTOS
En este camino, tuvimos el privilegio de contar con la compañía y el apoyo de muchas mujeres que empatizaron profundamente con el proyecto, y a quienes queremos agradecer de corazón.

Por un lado, agradecemos a Marianela Pérez y Micaela Manggiorotti, dos Licenciadas en Comunicación Visual de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, quienes nos acompañaron en la creación y ejecución de la identidad visual del proyecto.

También queremos expresar nuestro agradecimiento a Marianela, Carolina, Clara, Martina, Joaquina, Isabella, Micaela y Camila, quienes con generosidad se abrieron a compartir sus experiencias en relación a la problemática y al uso de las redes sociales en su vida cotidiana. Aportes que fueron fundamentales en la primera etapa de diseño del proyecto.

Agradecemos profundamente a la Doctora Gladis Germano, Ginecóloga eminencia en endometriosis. Quien con su voz calificada y experiencia nos enseñó muchísimo sobre la endometriosis y nos ayudó a generar contenidos responsables y bien fundamentados.

A la Licenciada en Nutrición Martina Salerti, quien nos orientó profesionalmente y aportó valiosos conocimientos para enriquecer el proyecto.
A Maya Rodríguez, por habernos acompañado en la primera intervención que realizamos durante la marcha del 8M, ayudándonos a crear carteles con fuerza simbólica y a registrar ese momento tan importante a través de su mirada fotográfica.
A todas las chicas, muchas veces anónimas, que prestaron su testimonio para las diferentes piezas que integran este proyecto.

Por último, y fundamental para que este trabajo exista, queremos reconocer a nuestra tutora, Dra. Leticia Gambetta, quien nos guió y acompañó con dedicación durante todo el proceso.
Nuestra Endovoz es la que usamos para hablar entre mujeres de nuestra menstruación y cómo la vivimos.
Tanto las que sufrimos de dolores menstruales como también las que no.
Mujeres que hemos sido diagnosticadas con endometriosis y aquellas que nunca oyeron hablar de endometriosis antes.
Es importante que todas hablemos y nos ayudemos entre nosotras.
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